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SEBASTIÁN PIÑERA ¿LÚCULO O CATILINA?

SEBASTIÁN PIÑERA ¿LÚCULO O CATILINA?

Por rafael Luis Gumucio Rivas (13/12/2005)

Fuente: http://www.elclarin.cl/index.php?option=com_content&task=blogsection&id=5&Itemid=48&limit=9&limitstart=45

Catilina fue un famoso tribuno de la plebe el año 64 a.C, en plena decadencia de la “virtud” que caracterizaba a la república romana -cualquier parecido con el imperio de Julio César, profesor Lagos, es pura casualidad-. El enemigo de Catilina era el famoso orador Cicerón, admirado por nuestro conde, Gabriel Valdés, quien lanza catilinarias contra el colorín Zaldívar. Catilina se caracterizaba por ser un gran demagogo que adecuaba sus discursos a las pasiones de los electores romanos, jugaba fútbol con los niños pobres y asesoraba a los apostadores de la bolsa; si ganaba, prometía abolir todas las deudas de los mezquinos agricultores de la república romana. Los comicios romanos se caracterizaron, en el año 69 a.C., por las amenazas a los vocales de mesa y robo de las urnas por parte de los jóvenes envalentonados por las prédicas demagógicas de este famoso tribuno de la plebe.

Lúculo era un legionario afortunado del imperio que se hizo millonario en base a la acumulación de los botines de guerra. A Lúculo le gustaba hacer alarde de sus riquezas y lo manifestaba en grandes bacanales, con vomitorio y todo lo demás. Para poder ganar en la segunda vuelta, Sebastián Piñera tendrá, necesariamente, que mezclar las características personales del legionario Lúculo y el tribuno de la plebe, Catilina. Por cierto, que está mucho más cercano del legionario adinerado: es dueño de Lan-Chile, empresa mucho más poderosa que las alas de Ícaro; además, posee un canal de televisión que entretiene a los súbditos romanos con crímenes monstruosos, que dominan los principales noticieros; también posee innumerables acciones en las principales compañías que se transan en el capitolio (la bolsa de comercio). Los millones de Lúculo -me refiero a los romanos-, pueden llenar la Vía Apia de palomas publicitarias, tener el monopolio de los mensajeros, comprar páginas completas en los Diarios y Gacetas y llevar regalos a los esclavos que han invadido el imperio.

La república chilena, al igual que la romana, hace ya tiempo que murió: en nuestro caso, su fallecimiento se produjo con el bombardeo de La Moneda y el suicidio heroico de Salvador Allende. Por consiguiente, las elecciones que en la república romana eran tragedia y lucha de clases entre patricios y plebeyos hoy, en nuestro imperio, son un verdadero sainete farandulero. Lúculo Piñera no necesita andar en bus o en metro, pues tiene, además de los lujosos aviones, un helicóptero y, en poco tiempo, podrá adquirir un crucero para pasear a su contendora, Michelle Bachelet.

Lúculo Piñera podría ser adorado por los accionistas de la Bolsa, por los servidores del becerro de oro y por los ilusos borregos que sueñan con ser ricos por el solo hecho de votar por nuestro legionario; pero en Roma, como en todas partes del mundo, hay leprosos, mendigos y, sobretodo, envidiosos a quienes no les gusta nada que el mando del imperio esté en manos de un empresario, aunque la verdad, es que hace mucho tiempo, los tribunos de la plebe se olvidaron de los Gracos: ya nadie habla de reforma agraria, ni de la distribución equitativa del ingreso, ni de la salud, ni de educación de calidad; se ha comprobado que los socialdemócratas son mucho mejores administradores del capital que los famosos patricios romanos. Nuestro plebeyo Julio César, profesor Lagos, ha convertido al imperio chilensis en el más próspero del mundo conocido y los nobles romanos están felices con él, seguidos por los esclavos que, en sus sueños nocturnos, también se sienten libres amados por sus amos.

Lúculo Piñera no puede acortar distancia respecto a Michelle Bachelet sin adoptar el carácter de Catilina: en la primera vuelta de los comicios, el papel de Catilina fue representado por el actor jubilado el 11 de diciembre, a las 10 p.m., Jerry Lewis Lavín. Hay que reconocer que a nuestro comediante le alcanzaron las alas para lograr una buena votación: apenas dos puntos menos que Popeye Piñera. Como los lectores sabrán, en el teatro romano los actores debían morir si el libretista incluía una crucifixión en la obra representada; en este caso, sólo se pegaron un tremendo costalazo el pájaro Sergio Fernández y el “adonis” Carlos Bombal, ambos cultores del leviatán Daniel López Pinochet. Entre los seguidores de nuestro actor hay tribunos terribles de la plebe, como el guatón Moreira, que odia al millonario Lúculo por haberse apropiado del botín de guerra sin repartirlo entre los soldados y, sobretodo, denigrar a mi general Daniel López Pinochet que, cuando pasó el Rubicón, no dejó a esclavo rogelio por degollar; el Cristo de Elqui, Pablo Longueira, que estuvo a punto de ser lapidado como una mujer adúltera cualquiera por una turba enardecida del suburbio romano de la Pintana, también amenaza a los ricos con ser expropiados.

Sebastián Piñera, para ganar en los comicios de enero, tiene que hacer como Catilina: ofrecer a un millón de romanos empleos bien remunerados. Estoy seguro de que éstos no están muy contentos, pues no tendrán tiempo para asistir al banquete de los leones respecto a los pobres humanistas cristianos que están, cada día, más famélicos por la negativa de los ciudadanos a darles el pan de sus votos; además, ofrece a las esclavas germánicas liberarlas de sus tareas domésticas: ya no tendrán que lavar los vomitorios, ser objeto de placer de los patricios; recibirán una pensión vitalicia del Estado que les permitirá asistir a la castración de los fornidos machos germanos e, incluso, alguna golosa podrá gozar acariciándole sus músculos.

Sebastián, como Catilina, es un gran proyectista: quiere transformar el Tíber, es decir, el Mapocho, de un receptáculo de mierda, en el  Támesis o el Sena, con barcos para la esparcimiento de los proletarios, más refinado que el otrora playa y centro de sky del famoso actor jubilado. Chiloé será un gran parque, donde los turistas extranjeros podrán solazarse mirando auténticos indios, vivitos y coleando y no embalsamados. Como además debe conquistar alas para la segunda vuelta, ha decidido convertirse en sacerdote de la venus boquita de paloma, Soledad Alvear, ante el desagrado de Júpiter Gutenberg Martínez que, el muy egoísta, la quiere sólo para él. Los chismosos cuentan que Sebastián está preparando una gran ceremonia en honor de venus, con salmos del poeta Charles Peguy y de lectura de evangelios apócrifos de Jacques Maritain y de Emmanuel Mounier.

¿Terminará Sebastián siendo Lúculo o Catilina?  Dejo la respuesta a la creatividad y buen juicio del lector. Como en el imperio hay muchos tontos, estas locas comparaciones son pura fantasía y no tiene nada que ver con la realidad: cualquier parecido con personas vivas es mera coincidencia. La comedia ha terminado, perdonad sus muchas faltas.

 

CARTA A POPEYE LÚCULO AVIADOR SEBASTIÁN PIÑERA

CARTA A POPEYE LÚCULO AVIADOR SEBASTIÁN PIÑERA

Por Rafael Luis Gumucio Rivas (16/12/2005)

Fuente: http://www.elclarin.cl/index.php?option=com_content&task=blogsection&id=5&Itemid=48&limit=9&limitstart=36

Espero que no se enoje por los sobrenombres, pues constituye una manera simpática de presentarlo al público. Tenemos en común que nuestros padres, el genial José Piñera y Rafael Agustín Gumucio eran falangistas, empleados públicos y poseían casas Ley Pereira, producto de una previsión solidaria que, su hermano, el Atila José Piñera, sirviente de Daniel López, borró de un solo plumazo entregando los dineros de los miserables cotizantes a las insaciables AFP.

Los empleados públicos en la época de la República, ya fenecida, no tenían dinero para comprar acciones en la bolsa de comercio: el único gusto que se podían dar los falangistas era, de tiempo en tiempo, apostar algunos pesos a algún pingo, recomendado por Jaime Castillo Velasco. Entre las familias de la flecha roja reinaba, además de la amistad familiar, la amistad cívica. No pocas veces, cuando niños, nuestros padres nos obligaban a asistir a unos paseos al Cerro San Cristóbal. Como usted comprenderá, ese Chile, pobre pero honrado, fue arrasado por los tucanes y otros pájaros que apoyan su candidatura. Tampoco lo han hecho mal los conversos que, desde el marxismo, han pasado a ser verdugos adoradores del mercado.

Entiendo que los humanistas cristianos son aquellos que creen en la famosa apuesta de Pascal que sostiene que si hay Dios, todos iremos al paraíso, y si no lo hay, ya lo sabremos; un mínimo de inteligencia debiera llevarnos a todos a apostar por la primera posibilidad. No me parece adecuado, ni ético, ni estético descalificar a Michelle Bachelet por el solo hecho de ser agnóstica, es decir, afirmar que no sabe lo que ocurrirá en otra vida. Como decía el místico ateniense, Epicuro, hay dos obstáculos para evitar el dolor y buscar el placer: el primero es la muerte, que no la temeríamos si supiéramos que es la más perfecta inconciencia, y el segundo, son los dioses que, como sabemos, no se preocupan de las cosas humanas. Como usted puede ver, el debate entre creyentes y agnósticos puede prolongarse al infinito.

No puedo estar de acuerdo con usted en utilizar el humanismo cristiano para cazar incautos y borregos, que le permitan triunfar en la segunda vuelta. Es cierto que hay muchas formas de ser cristiano: un criminal como Francisco Franco siempre creyó ser parte de una cruzada contra los marxistas ateos, introduciendo a los moros en España; Daniel López Pinochet, antaño adorado por sus pasados y actuales partidarios, comulgaba y mataba, mataba y le daba gracias a Dios en la comunión. Los capellanes del ejército bendecían a los torturadores y lograban confesiones de los detenidos: en sus filas, estimado don Sebastián, están los niños del Corazón de Jesús, discípulos del Opus Dei y de los Legionarios de Cristo que, no encontrando moros que matar físicamente, la arremeten contra el divorcio y la píldora del día después; sin niños de misa de misa diaria como Joaquín Lavín, Pablo Longueira, Jovino Novoa, usted no podría competir, con posibilidades de éxito, contra la abeja reina, Michelle. “A Dios rogando y con el mazo dando”.

Hay un cristianismo, como el falangista, que entendía que la política era plural y su fe no les impedía aliarse con los seguidores del gran arquitecto (los radicales); los filósofos que inspiraron a los falangistas separaban la política de la religión, rechazando el integrismo al estilo Legionarios de Cristo u Opus Dei, que llevó, a la mayoría de los católicos, a apoyar al gobierno de la ocupación, presidido por Philipe Petain. Los falangistas chilenos fueron siempre marginados por los latifundistas conservadores: al menos dos veces estuvieron a punto de ser excomulgados por monseñor Augusto Salinas  y el Cardenal José María Caro por el solo crimen de defender el derecho de los comunistas a la ciudadanía.

No es extraño que, una vez caído el muro de Berlín, revivan las cruzadas religiosas y, como usted se educó en los Estados Unidos y lee corrientemente el inglés, no es extraño que le hayan influido algunos periódicos reaccionarios norteamericanos que cantan loas a la pena de muerte y alaban a George Bush como el Godofredo que aniquilará a los herejes chiitas, en Irak. Como usted ve, si este cristianismo cruel y asesino representa los valores chilenos, prefiero encontrarme dentro de los pérfidos ateos.

Afortunadamente, el debate entre laicos y cristianos, entre radicales y conservadores, hace mucho tiempo que es sólo pasado y forma parte de nuestra historia; sería imposible revivir los discursos feministas de la anarquista Belén de Sárraga, que encantaban a nuestros grandes narradores José Santos González Vega y Manuel Rojas; hoy sería un personaje cómico Puelma, que se declaraba el enemigo personal de Dios, o el original Pope Julio Elizalde, que gozaba denunciando curitas célibes y pedófilos, (al parecer, este vicio clerical se mantiene hasta nuestro días).

En los años sesenta, las posiciones de la iglesia católica, gracias al bondadoso gordito Juan XXIII, fueron mucho más avanzadas que las de los demócrata cristianos actuales: los teólogos de la liberación nos enseñaron sobre la opción preferencial por los pobres y, sobretodo, conocer a amar a nuestro mestizo continente; ya no era santo el que se golpeaba más el pecho y despreciaba a los trabajadores, sino aquel que luchaba, juntos a los obreros y campesinos, por liberación. Cristianos y marxistas dialogaban, se encontraban y convergían: eran dos sueños despiertos, en lenguaje de Ernst Bloch, que abría horizontes de esperanza. Los teólogos nos hablan de aquellos cristianos anónimos que sin hacer pública la fe, realizan obras de santidad, como puede ser el caso de Michelle Bachelet que padeció la muerte de su padre, por la traición de los generales de la Fach, que cayó en manos de los torturadores de la DINA junto a su madre, que vivió el exilio en Alemania, que sirvió, como médico,  a las víctimas de la tortura, que fue gran ministra de Salud y de Defensa, es decir, muchas veces los agnósticos llevan, integralmente, las enseñanzas del dulce Maestro Galileo. No parece cristiano, estimado Sebastián, tratar de tontuela, que no da el ancho, que no tiene personalidad de estadista, a tan valiente e inteligente dama.

La verdad, es que la palabra “humanismo cristiano” a mí no me atrae: ¿se refiere a los demócratacristianos? ¿A los fascistas cristianos? ¿A los izquierditas cristianos? Como puede ver, amigo Sebastián, el término es una vaguedad completa que no sirve, ni siquiera, para atraer a los indecisos. La Democracia Cristiana, que en un tiempo tuvo ideales, que fue capaz de proponer una revolución en libertad, hoy se ha transformado, como todos los partidos políticos de la casta plutocrática, en un conjunto de líderes pragmáticos, que lo único que saben es construir combinaciones de ingeniería electoral, de técnicas de poder, carentes de toda ética.

Si estudiamos de la historia de la Democracia Cristiana podemos constatar que, desde su nacimiento, en la falange, fue teatro de terribles combates entre facciones: en el congreso, en el sindicato de los peluqueros, se enfrentaron los místicos, como Jaime Castillo y Radomiro Tomic, partidarios de apoyar al social-cristiano Eduardo Cruz-Coke a la presidencia y los políticos de izquierda que sostenían a Gabriel González Videla. Según cuentan, se tiraban las sillas entre todos. En los años 60, con el triunfo de Eduardo Frei Montalva, se dividieron, como usted recordará, en rebeldes, terceristas y gobiernistas; posteriormente, en los años 70, en guatones y chascones, hoy en alvearistas y colorines. Ahora y siempre, la Democracia Cristiana será una federación de facciones: antes los unía los fundadores, hoy la mayoría muertos. Es evidente, don Sebastián, que usted logrará conquistar a algunos de los llamados humanista-cristianos, son derechistas de tomo y lomo, incluso el dictador Daniel López Pinochet logró el apoyo del arribista Carmona y de otros muchos otros y, ahora, se repite la historia de Gabriel Tomic, el empresario Navarro y tantos otros, a su candidatura.

Como usted sabe, la derecha liberal fue uno de los tantos inútiles proyectos de la Concertación. Usted, Alberto Espina y la gatita Carmen Ibáñez son los eslabones perdidos de la derecha democrática, incluso Moisés Allamand los había abandonado, ahora, por obra y gracia de ser candidato de la derecha, para la segunda vuelta, todos mezclados bailan juntitos: el Cristo de Pablo Longueira, el guatón Moreira y la “dulce” Jacqui comparten la pista con Usted, mi querido Sebastián. Por un gran milagro, hoy los ex amigos de Daniel López Pinochet, se han convertido en adores de la democracia y depositarios de los valores del humanismo cristiano.



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